12 de octubre 2008
Llegué a Dehli a las diez de la noche desde Amsterdam. Dicen que todos los británicos han venido a la India para encontrar su identidad y yo me pregunto lo mismo. La visita a la India estaba planificada para celebrar mis 50 años de vida, pero se ha convertido en un momento de transición en que pienso en nuevas aventuras y en que un viejo amor, que como dice la canción “no se pierde ni se agota”, me acompaña en mis travesías, en mis sueños y en mis esperanzas.
En lo profesional daré dos clases magistrales sobre budismo en la Library of Tibetan Works and Archives en Dharamsala, en el norte de la India. En lo personal me acompaña mi hija Sara de 14 años en su primer viaje al Asia.
El aeropuerto de Delhi es ordenado y muy clínico en los papeleos pero ya el tomar un auto y manejar por la ciudad es otra experiencia. Existe una lógica al manejar en la ciudad pero no es la del código del tránsito, bocinazos y embestidas puntuales a otros vehículos parece que está a la orden del día. Pero nuestro chofer parecía contento con su música a todo volumen y sus preguntas acerca de mi visita a Dharamsala.
Y así llegamos a una casa de huéspedes en uno de los suburbios de la ciudad donde con disculpas nos encontramos con la simplicidad de la vida y el sueño presuroso no de las conciencias tranquilas sino que de los cuerpos cansados. 27 grados de temperatura parecía un regalo del cielo a la medianoche, pero aquí estamos para servir a la comunidad tibetana y no para esperar unas vacaciones descansadas.
Monday, October 13, 2008
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